Acumulaciones no me van. Transformaciones, puede ser. Me gusta más.
No ahondaré nuevamente en mi infancia, ni en la relativa precariedad que viví.
Pero acá me sitúo, de chica me gustaba mucho leer, de adulto, compré todos los libros que pude. Pero ya no fue lo mismo. Creo que de lo que más tengo temor es de no disponer acceso al conocimiento y ahora no tengo tiempo de leer nada. Mi universidad fue trunca, pero no porque no pudieran pagarla mis padres, en cuanto mi situación mejoró. Creo que fue un asunto mío de no hallarme. Y el problema es complejo y no puedo reducir a una explicación relacionada a la "falta de voluntad".
Lo que sí puedo hacer como respuesta a eso (y eso intento darle a los niños y adolescentes que se cruzan en mi camino, mientras mis compañeros de clase intentan llevar a sus chicos mientras aprenden un oficio, al igual que yo), es dar a quién esté cerca parte de aquello que no tuve al alcance: la escucha y el respeto, el refuerzo del estímulo sin forzar a la gente, la sonrisa, las ganas de seguir adelante, la aceptación del error y del aprendizaje a través de él, la idea implícita de que la vida es un trabajo "en proceso". Eso me hace feliz, la verdad. Paga cada minuto de mi vida y me provee de ahorros espirituales, si lo ponemos en mezquinos términos capitalistas. Y bueno, en un rato llevaré papeles para que los chiquillos que estén libres de tiempo hagan collage, mientras se alejan de ver el celular mientras yo también me pongo a dibujar y a trabajar mi propio arte. Todo esto tiene todo el sentido del mundo para mí y creo que por estas metas vale la pena salir de la cama, ser puntual como reloj, bañarse interdiario, desayunar, compostar, convidar comida, etc.
Eventualmente formalizaré esta vocación, que ha aparecido tarde, pero que no negaré que era medio obvia pasados mis 30. Saludos, amigos y amigas, o quién me esté leyendo.
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