Personas ¿triviales?
Sin querer, acá he estado jalando uno de los varios hilos de la historia de la bohemia en Lima. Mientras, en mi caso, mis raíces de clase obrera de padres esforzados y no capitalinos comprende lo lejanas de las preocupaciones de las viejas generaciones de la ciudad "principal" del país.
He nacido en Lima por casualidad, nunca crecí con cosas completas sino ruinas: edificios destartalados y cubiertos en hollín, monumentos abandonados, personajes en abandono o en pobreza urbana. Y siempre las amé, de un modo y otro. No comprendía la melancolía de la generación limeña contemporánea a la de mis padres aunque sí intuía la miseria que le daba cuerpo. Quizá esa diferencia de emociones, que iban del asombro frente a la decadencia hasta el genuino horror que me inspiraban ciertas esquinas hediondas de la calle y miembros fláccidos y sucios de hombres precarizados en el bus, me dibujaron la marca permanente de la distancia, el ocultamiento de mis emociones, el no sonreír. Ese mundo limeño abusó de mí, hizo pasar por desapercibida la violencia sobre mi cuerpo que recibí desde niña y la justificó.
Comprendo que el tiempo no te devuelve la inocencia que perdí tan chica, también la porquería que habita a oscuras, entre cosas que ocultan, las vergüenzas familiares y otros.
La soledad fue amigable hasta que aprendí lo contrario. Y ahora entiendo por qué.
Comprendo ahora por qué no seré igual que el resto. Parece mentira, tuvo que pasar tanto tiempo.
Sé que nadie entenderá cierta franqueza, mi incapacidad para sonreír sin meditarlo. Pero sé que cuando lo intento, puedo tener una idea del viento intenso, de la sangre que corre en las venas.
Hay de vertiginoso inclusive en una persona como yo.
No quiero que me pongan en un pedestal y me aprecien.
No. Quiero ser transparente y que nadie me dibuje con sus propias palabras.
Quiero que al pasar, las cosas se muevan de un lugar a otro y que nadie sepa cómo ocurrió eso.

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